viernes, enero 12, 2007

El origen de la poesía: San Juan de la Cruz como Golem



¿Cómo decir aquello que no existe? ¿Cómo imaginar lo inimaginable? Parecen ser preguntas de las que continuamente bebe el observante y el metafísico. Mas en este piélago de certezas, donde danzan respuestas, hipótesis y planteamientos hiperbólicos ante un problema medular, es necesario devolver la justa proporción de verdad a los ingenuos alcances de la poesía. Sino la más ingenua de las ciencias, la creencia poética es también la creencia en el nombre y la tradición, es la fe en la historia y en la errática configuración del gusto a través de centurias y desiertos. No son las manos ni los gestos, sino la destrucción del orden anterior, la fundación o creación mediante el fuego y la luz que aniquilan los recipientes, aquello que se respeta de forma sacrificial en cada novedad soltada al mundo como un gorrión tras aquellas vagas lluvias al comenzar la primavera.

No somos más que niños esperando la enseñanza del dolor, intuyendo aquél pasado pleno de pasividad y destierro, en la adolescente figura de la glosa a la propia escritura, practicada por San Juan de la Cruz. El cual Aminadab en la Escritura divina significa el demonio (hablando espiritualmente), adversario del alma…Así, mientras leemos la explicación al segundo verso de la canción 40 del Cántico Espiritual (Manuscrito de Jaén), en una frágil interpretación (generalmente llevada por la ignorancia) atribuimos el nombre Aminadab al octavo descendiente de Abraham en la familia directa de Jesús, desajándonos internamente por haber descubierto que el Sabio Doctor no era más que un hereje. Desplazando la discusión del paradójico entrecruce de innovación y conservación en la mística (asunto central en la revitalización de las creencias), lo esencial en este glosar la glosa es irrealizar la mediación temporal, espacial y óntica de lo referido. Pues poesía es escritura y eco de la escritura Divina que, acallando la apostasía, no es visible, ni menos papel y tinta, como estamos acostumbrados a reconocer los nuevos evangelios y aquél misterioso Pentateuco. No es La Biblia la escritura divina. Dios es ya escritura en términos de fijeza y de ausencia, y así la labor de la poesía, más que hacer unión del espíritu rector de Dios con el espíritu creador del poeta, es saber leer esa escritura, descubrir el significado y no la referencia de ese lenguaje: Poetizar es entrar en Dios, pues Dios es lo ya referido en sí mismo como la completa exterioridad de su escritura. Nada está fuera suyo. Dios es la función poética del Mundo. De esa forma, la interioridad de Dios se exterioriza en su significado a través de la lectura. El todo que encierra Dios desaparece ante la particularidad de los ojos que la miren. El Aleph es la simultaneidad de lo observable. Nadie puede ser Dios, ni saber su significado.

Ahora bien, ante la demonización del Aminadab cabría perfectamente la elección de otro paradigma o la opción de otra palabra en un mismo campo semántico, como puede ser Satán que etimológicamente tiene que ver con el enemigo del alma, o tal vez Baal Zebub (Rey de las Moscas). Hay que considerar y hacer hincapié en lo escrito, pues aunque la raíz del Mal sea caínica y reforzada por Milton o Goethe, su origen es la rebeldía y la puesta del simulacro sobre el real, a saber, la creación espuria sobre la verdadera. En ese sentido, el simulacro daimónico es el origen del escapismo religioso-político al que el arte moderno ha consagrado sus prácticas. El manoseo y prestidigitación de la materia divina en su intento de superación del respeto y el culto, sigue siendo en la escritura, en la glosa, en el simulacro. El afuera es el simulacro del abismo. La profundidad de Dios impide así, que sus réplicas rebeldes puedan salir de su materia; que la condena al decir sea resumida en el silencio de las cosas. Nombrar al enemigo es ratificar su existencia en la divinidad. Nombrar es desoriginar. Nombrar aquello que no existe más que en el simulacro del afuera es el principal dominio de la imaginación poética (como planteara Heidegger): La poesía nombra a los dioses. Y en ese nombrar lo que no aparece (aletheia) ni se revela, la escritura glosadora hace justicia al significado de las cosas, al significado que en Dios es exterioridad y que en nosotros es referencia. Así, referir a la novedad y la salida de la tradición, a saber, fundar en la poesía el origen sin antes descubrirlo en la lectura, es imaginar el afuera de aquello por lo que la existencia es: la escritura. En poesía, nombrar es interiorizar y recordar aquello que se nombra; también es la intuición del simulacro, como esa referencia que se ve anulada al preexistir en el Nombre. El significado de las cosas es su pertenencia al Mundo, y es el Mundo el enemigo que las difiere para que las sepamos como otras. Decir ese enemigo, es librar las cosas de este mundo.

1 comentario:

Raúl dijo...

JM:
Esto no es un blog. podremos discutir y discurrir, pero esto no es un blog.

Sin embargo, me gusta. Me gusta, pero es para literatos tuspace.

La foto...
qué decir de tu foto.

R