martes, septiembre 25, 2007

Acerca de la perla de la suelta de Paula Ilabaca Núñez




En tiempos que la escritura se reclama violenta, intensificando la violencia en su decurso; la inscripción en el cuerpo, la huella en el concreto, la sinuosa caligrafía de los márgenes se inserta en el democrático y cenital imaginario de las naciones, o bien tradiciones, valiéndose de lúbricas estrategias protéticas. Y si bien tales categorías son garantes de un supuesto saber crítico postmoderno, el afanado anglocentrismo de Harold Bloom nos habla de ellas como fundamentos baladíes de las Escuelas del Resentimiento. Así, considerando tal prejuicio ante escrituras marginadas (negras, indígenas, homosexuales y femeninas), hay algo cierto en todo esto. Pues si es cierta la necesidad de la dignificación de la diferencia, no es menor el hecho de que ese estatuto de diferencia se vea voluntaria y sumisamente anexado como una prótesis a las imaginaciones de un extinto macrorelato llamado Canon Occidental. Textos perviven, no estrategias de perpetuación discursiva. Valga esta primera disquisición.

En la perla de la suelta, cifra de múltiples géneros, registros aunque no verdades, más que un desarrollo poético el sujeto, o la sujección anhelada, busca en las teorías, palabra que etimológicamente estuvo relacionada con el mirar y el viaje. Quizás como una sugerente interrupción valdría hacer notar que en una primera lectura, la discursión teórica que plantean los poemas ( en una aparente postmodernidad) pareciera llevar a una suerte de clave sicoanalítica, en una velada relación con el reinado, el poder, el paternalismo y la castración o impotencia. Ahora bien, suspendiendo dicha intuición, la teatralización de la escena poética, o el aquí y ahora del hecho poético, a saber, la nominación, se da en la interioridad. La habitación es el ámbito cerrado en que el mundo se alegoriza, en que los sujetos se ven abismados en otros sujetos equivalentes: rey-amo-eunuco; yegua-perla-suelta. La imposibilidad de acceder a la sustancia, a la presencia verdadera de los sujetos los exterioriza volviéndolos generales. En la extremada superficialidad de las relaciones, el cuerpo deviene escritura y las semejanzas que podrían haber existido en la experiencia, en vez de conducir, ambiguan, extravían la búsqueda del cuerpo otro. ¿Quién es el amo? ¿Quién es la yegua? Lo que habita es el discurso y no el hombre; su forma es la escritura. Así que "esta mujer adoptó un nombre: la suelta. y tiene una homóloga, que es ella misma, que es otra"(P.1) Recuerda a Rimbaud y a Mallarme la palabra poética, pues la identidad es un hecho de lenguaje, una singular simetría.

El discurso es anfibológico en su conquista. Habla del rey y su reino. Dice el poder desde la exterioridad, y también es la búsqueda erototrópica de la corporalidad otra, del lenguaje otro. Froto mi lenguaje contra tu lenguaje, practicaba con lasciva teoría Roland Barthes. Pero, ¿es esa corporalidad otra la vindicación de la cópula? Ciertamente no. La próxima vulgaridad y el coloquialismo instalado en el poemario, son sólo la inminencia de algo que no alcanza a suceder. No hay unición entre los sujetos, pues la enunciación está enferma y es intransitiva. No procrea, sólo da placer. Mas no un placer de la plenitud como el cuerpo acostumbra al lenguaje, sino la constatación de la ausencia, de la propia sumisión y del cuerpo menguado. La incipiente masturbación.

La femeneidad es un discurso huésped, vaciado por el discurso masculino. Así, el espacio anhelado no es más que el de la plenitud del nombre femenino. No hay sexo ni géneros más que los literarios en tales búsquedas. La cruel fragilidad del tejido vaciado se rasga "estoy hecha pedazos, retazos parezco en esta constelación"(P.1) al querer alterarse en vías de reconstruir la materia del discurso femenino, sin afeites, melindres, ni sensiblería. Fría, como la hoja de un cuchillo, la nominación hueca avanza en el uso del discurso del amo "para luego deshacerse de ellos: la perla"(P.1) No se encuentra ello en el discurso masculino.

También la garganta, la caverna, el lugar del eco del discurso masculino, está infectada por el luto, la ausencia de la voz verdadera. Se ha vuelto críptica (P.2), parecida a las alegorías y a las lápidas, símil de las estelas antiguas, mas irónico símil en la perpetuación de lo sometido, lo violentado, lo encerrado, lo venenoso. El peligro de la escritura, su revés: la enfermedad.

Hay animalidad. Teratología. Antiguas vecindades: la supuración, las viscosidades, el sudor, el llanto y el cuerpo desplazado. En esta bestialidad del discurso, el movimiento se concentra en la objetualidad, la capacidad que los objetos olvidados tienen para decir lo enmudecido. La perla. Ironía de la metáfora primera. Los dientes, la boca. La poesía bien nacería en la boca, en el corazón de oro que cuelga de su pecho (P.2), pero aquellas son alegorías mudas. Reemplazos. Simulacros de un decir que nada tiene que ver con el origen. Por lo mismo, sin ser sordo a otros registros, el discurso poético es monológico. Cree en una sola verdad, a saber, la de aquella pronunciación, ese decir más allá de la escritura, en que sea presente el cuerpo propio, distinto al lenguaje y a la semejanza. Idéntico a sí, y no persiguiendo al otro discurso que lo tiene apresado, aquel irrepresentable. El teológico discurso del éxtasis y el arrobamiento (P.2) , la canonicidad religiosa.


Dice la fertilidad (Poema III, P.3), mas el discurso masculino y la promesa del amor unitivo, es el simulacro de la restitución de lo propio. No hay nacimientos desde el decir que no es diálogo, aquel que se solaza en postponer el nombre. Postproducir el mundo desde la lectura, como diría Víctor Quezada. Este malhablar (IV, P.3), esta enfermedad de contagio breve, es la enfermedad de la ausencia del yo, del sujeto central de la poesía romántica, aquél sensiblero enunciante con que suele confundirse a la mujer. Se vale de la vulgaridad y la cópula, centros de la constelación masculina, usa el prejuicio, para presentar la brutal honestidad y fiereza del decir pospuesto. Su vacío, su fragilidad. Su abrazo materno. Su cobijo de animal de rapiña. Así, el ojo y la lágrima (V, P.5), la luctuosa supuración, es la imagen del juicio, de la teleología en que se desnuden las estrategias de dominación que son ya suficientemente conocidas.


La noche es la situación del alma, la habitación su arquitectura. Así, valiéndose de la ininteligibilidad del discurso nocturno, el mellado sujeto femenino vela en la noche de los signos, esperando la realización de su decir. Los ojos bien abiertos, hacia adentro (Rilke) son la claridad de esa noche muda (Novalis) (VI, P.4) , el hambre que consume y recuerda el vacío y la superficie en la superficie de las cosas. Pues si la habitación es comunmente la intimidad e interioridad del alma del sujeto, en la perla de la suelta es la radical exterioridad del imperio de los signos. Esto, pues el hambre es hambre de sí, de lo propio, lo privado. No la mudez, lo idiota.

Las supuraciones vuelven con y como el agua. El rey sigue, escribe en piedra, lega, establece y presupone. Simulacro de todo decir, al centrismo "no le importaba tanto la complejidad de esta belleza" (IX, P.5). Vuelve a la fertilidad yerma experiencia. Vuelve el extático placer en sufrida letanía. Llaga el corazón. Tiene el estilo de la mística, su noche, su transformación, mas todo aquello es estilo y arte de espejos, pues la pontificia aceptación de lo valioso, del decir correcto, va dejando la boca en estados putrefactos. Haciendo negra a la perla. Bestializándola. Transformándola en escritura, a saber, la cárcel y la llave del vaciado discurso femenino que, como Borges pensando en la tradición de las letras américanas, puede hacerse con beata libertad y garbo, de los extranjeros discursos, pues en sí es forma vaciada. Continente que puede hacerse de todo contenido.


Selección de Poemas:

la perla de la suelta




“the first cut won't hurt at all
the second only makes you wonder
the third will have you on your knees
you start bleeding I start screaming”.

Propaganda. Duel.





y la perla pensó que podía quedarse con algo
pero lo botaba todo





el amo ha desaparecido. se ve en la forma en que se ennegrecen estos papeles, en cómo las quemadas se recomponen, en la aparición del rey. el amo y el eunuco, que son lo mismo, con su estela, su lata, su desprecio, su flacidez, colapsaron en el instante perfecto. las yeguas ya no pastan. están tiradas por ahí, con las fauces abiertas y las ancas torcidas entre las madejas de la cama anaranjada hecha hilachas, fragmentos de las partidas, de las aberturas, de las corridas de la mujer que cantaba en un primer momento. esa que decía algo como hace un mes que no jodo con nadie o podría haber dicho además estoy hecha pedazos, retazos parezco en esta constelación o cuando cantaba this bed has seen it all o feed me when i’m hungry, etcétera, etcétera. ahora, esta mujer adoptó un nombre: la suelta. y tiene una homóloga, que es ella misma, que es otra, que son todas, que le sigue los berrinches y las formas que adopta para agarrarse a los que le tincan, para luego deshacerse de ellos: la perla.





Ya que venga otra cosa


“fate up against your will
trough the thick and tin
he will wait until
you give yourself to him”.


Echo & the bunymen. The killing moon.


I

con una bacteria alojada en la garganta, sin hablar, sin poder decir, sin poder: desamparada. una infección ha tomado distintos músculos, pliegues y partes. esta vez es la garganta. así es, así será. como la lengua vuelta un revoltijo de babas que entran y salen. sin importar el cuerpo, las ganas o el desaliño. críptica. críptica. críptica. sin poder, sin poder decir, sin poder decir lo que más duele, lo que más desea o le revienta, lo que ya sabe, lo que supuso cuando ya nadie quería pararla. invariablemente unos vienen, otros vendrán. hubo un polvo, habrá millones. pero siempre es la misma picazón. el mismo tedio, el mismo ahogo. y a la suelta nadie la conoce.


II


contando los días que pasan, la suelta se pasea por el territorio básico, murmurando una canción. mira su cama naranja, piensa en los días en los que el sudor bordaba las sábanas, los besos lo mismo, la pura y santa piedá. lo mismo y lo mismo. babear. hostigar. correr. llegar. la cama. repleta de oraciones. bajo la almohada hay unas llaves, sujetas por una cadena con un corazón de oro, que la suelta mira arrobada, porque ella no tiene corazón. más allá, en otro espacio o bajo otro estado, el rey está profundamente dormido. y no escucha. y no siente. y no sabe que la suelta espera y espera el momento justo en el que se hará la linda, para luego escapar. como siempre lo ha hecho, porque no puede, porque no sabe quedarse o porque simplemente le irrita, le irrita todo lo que parece ir en serio.



III


mientras saca cuentas, la suelta se observa una y otra vez. entra y sale del baño, mira hacia la calle. cruza hacia el balcón. comienza a regar las plantas de la terraza, que ahora se queman con el frío de los últimos días del otoño. vendrá el invierno, pronto. y ellas, las quemadas, recuerdan ese día de sol en que la suelta le dijo: son como nuestro amor; han vuelto a nacer. pero era una pura lata. y el eunuco lo sabía y calló, con el falo encogido, como siempre. la suelta reconsideró, por ejemplo, cuando se paseaba en pelotas frente a la ventana, o con ropa o con ganas. y era sólo un ejemplo de todas las maneras con las que inventaba trampas para él. pero con el eunuco nada ocurría de todas formas. nada. o mejor: nada había ocurrido, porque él era un trasto cerrado y terco, un poco torpe, un poco lerdo, cogidas lacias sepultas en la memoria, una estela, un estado al que se podía recurrir.




IV


la suelta es así. piensa que las imperfecciones y los disfraces la convierten en insólita. amo este descuadre, decía cortándose la chasquilla una noche en el baño. y se miraba una y otra vez al espejo. luego, el recorte se hacía impreciso cuando se le iba el ojo hacia la cama naranja. nadie en casa esta noche, decía la suelta, sólo yo y la crisis. y entonces se empezó a reír. y entonces comenzó el dolor de estómago y el prurito en el vientre fue instantáneo. esa misma noche, se acercó a la ventana pensando: qué ocurrirá con mi eunuco, en qué traslado de secreciones estará. sospechará de la tiña que me dejó en el vientre, masculla la suelta, con la garganta pelada de tanto decir, de tanto de decir en vano. porque aunque no lo quiera, la palabra le pesa. y qué hace ahora en la soledad de la palabra, en el malhablar de los días: la suelta espera y espera. y cuando alguien aparece, ataca. porque así es la suelta. cuando algo se le mete en la entrepierna no para hasta que se lo saca y lo vuelva a poner. como ella quiera o como ellos lo prefieran. y nadie la para después. una vez que la suelta pasa, ninguno la para.



V


y la perla había pensado que nunca más lloraría por él, por el amo, por el eunuco. no hay manera de singularizarlo, dice la suelta limpiando el ojo lagrimiento, la llaga tiene muchas formas, nombres y recuerdos torcidos, lánguidos. la suelta se persigue todo el día. exactamente todo el día. y en la noche se pone peor. y la perla hace como que no, pero está que se revienta. mientras la suelta se esmera en complacerlos a todos, pero no basta. siempre la ahogan. y ella les repite, arreglándose el corsé: yo no soy esa, cómo no entienden?


VI


es así: ambas se juntan y hacen como que no, pero es un sí. la suelta suspira melancólicamente mientras se va en diarreas; la perla hace como que no, como que no le pasa nada. como que si nada pasara por ella, así, tal cual, con el desparpajo de siempre; luego se miran y cambian papeles, cambian estados y el ánima. y a una invariablemente le da lo mismo. lo mismo. se viene o acaba voluble y cierra los ojos con desidia. ya, que venga otra cosa, dice la perla, con la tiña del vientre hirviendo, con el cuello partido, con los ojos resecos de tanto llorar. y en ese momento, en otra temporalidad, el rey se mueve, se rasca la cabeza, intenta despertar, pero sigue letárgico y bello, anestesiado, en el furor de una noche muda y clara.


VII


sospechosamente, después de la tristeza viene el hambre, piensa la suelta, mientras va jodiendo por la ciudad. tengo tanta hambre. tanta. hambre. hambre. hambre. y lo dice muchas veces hasta que parece un rezo, una orden, una nueva manera de pedir. es en ese instante cuando el rey comienza a abrir lentamente los ojos. y lanza la mirada. entonces la suelta murmura: ojalá que caiga. y que sea pronto. es lo único que me falta. lo único. y la perla hace como que sí, pero sabe que es imposible. imposible seguir pidiendo. imposible pensar que algo pase. pero la suelta le dice que espere, bien quieta y con los sentidos bien abiertos. con todo bien abierto.


VIII

mira como la perla se pierde y resiste. y hace como que no, como que no le importa. pero la conmueve volver a sentir de eso, de eso que no sabe pronunciar ni pedir. aunque me la den o no, sigo. tómame estoy tirada, dice la suelta. tirada y nadie me pesca. nadie que yo quiera, dice y dice la perla, mirando su corazón de oro. o déjame. justo ahora que todo comienza a mojarse? piensa en el eunuco. esto se está acabando, dice la perla. que pase el siguiente. el rey abre los ojos. o a dúo con la suelta: ya, que venga otra cosa. y en ese momento el rey se para. y se sabe. así no más.


IX


hipotéticamente el rey ya estaba puesto. en el orden de las cosas, los acontecimientos, la singularidad de su destajo. a fin de cuentas todo era él. toda la noche era de él, todas las noches, las rajadas, los estilos, el desprecio. lo que se ponía y lo que se sacaba, lo que se le iba, dónde la metía, hacia dónde apuntaba. cómo chorreaba, con quién acababa. así era él. así y el espacio. y la música. el sobajeo. el rumor. la oscuridad. el rey. y no le importaba tanto la complejidad de esa belleza, decía la perla haciendo como que no.



X


algo tendrá que salir de esto, decía la suelta en una letanía,

y era una orden y era un doler.

vamos, rájame el corazón, decía la perla,

así no más, muy suelta de cuerpo.

en eso el rey se la pone.

y la perla inevitablemente ennegrece.
con todo dentro suyo.

4 comentarios:

Triple Erre dijo...

El placer de poder luchar contra una muerte que no cuenta nada nuevo pero, putas, nos cuesta. El lenguaje por placer fue abolido por los liberales maricones que a duras penas fetichizaron las imprentas, el medio por excelencia de la literatura romántica. Así que nada de palabrejas denostadoras del placer por el placer. Las formas vulgares generalmente están ligadas o a la locura o a la perversión, ¿acaso esto no es poesía?. Notable abandono de deberes si todo el chuño debe procrear, estoy harto que hablen mal del sexo stéreo, me rasco los huevos, acaricio la raíz. Remecer las consciencias y no solo adormecer a los tullidos con poemas rumiados en un coito lleno de amor.

Romero

Víctor Quezada dijo...

hombre
es el mundo el que es una posproducción (el lugar del sentido en blanchot, jajaja)

el enemigo dijo...

me anduve medio perdiendo parece, siempre es una alegria leer cosas enrevesadas. ¿leiste eso de adormecer los tullidos poemas rumiados{...}? chuata, harta polvora, ojala se humedezca en el cajón, ;) abrazos.

[][][]Μεδούσα[][][] dijo...

J.M. LLGUE A TU BLOG POR OTRO...
QUE WENA ESTO DE LA SUELTA
QUE LINDO, LA PAULA ES RE-HERMOSA, CIERTO!
QUE LINDOS TUS ESCRITOS.
TE AGREGARE
BESITOS
JONA