Se acaba un manvatara, un eón, un baktún, un año galáctico o el tiempo que tarda la vía láctea entera en orbitar un sistema mayor, o como dicen otros, su galaxia inversa. Indiferentes, mas no desconectadas, las pobres y miserables vidas humanas se solazan en el cambio de las estaciones, el final de los días, el triste corro de muertes y nacimientos. Nos acabamos sobre las cosas, dejamos secreciones en las otras pieles, en otros continentes nuestro contenido fatuo y terminal. Pero también es natural al hombre querer perpetuarse, descubrir las edades de las cosas que no mueren, ver en el animal doméstico la genealogía de una libre violencia animal: en el perro, a todos los perros; en el gato, al tigre. 26 mil años demora nuestra galaxia en completar su órbita, pasar por los doce signos del zodíaco y lograr unir el kin (día) con el baktún (ciclo maya de cinco mil años). Se dice que los antiguos habitantes del Indostán medían las batallas de sus innúmeros dioses mediante cuantificaciones similares, así también Hesíodo, Vico y Hegel, dándole al mundo distintas edades, algunas dependientes de la poesía, otras del arte en general. Así, aunque sabemos que las cosas envejecen junto al oscurecimiento de la conciencia que las permea y percibe, intentamos autobiografiarnos en todo, imprimirle nuestra presente identidad a un tiempo que no es nuestro. Fama, historia y leyenda son ejemplos de esto. En otra medida, lo tradicional y la tradición también lo son. Desusados y asumidos como términos conservadores, ambas categorías han querido ser desplazadas, si no borradas, del mapa común de palabras que usamos, al menos en el chileno. Injusto, considerando que ha querido unívocamente la tradición como un sistema diseñado conciente y arbitrariamente para preservar y reproducir un grupo de producciones culturales, una manera de entenderlas, un aparato retórico para interpretarlas y una forma de pronunciar, por decirlo de algún modo, las palabras que se quieren conservar, un modo, un tono. Podría pensarse la voz impostada a ese tono que aspira ser mayor al olvido y al polvo que anega las bibliotecas, pero hay casos, numerosos, funéreos, que contradicen dichas reflexiones. Pensaba en esto a raíz de la brevedad de las cavilaciones, aún menos breves que la piel tensa, el hambre que la carne tiene de otra carne y mi propia biografía, intentando entender el porqué de tanto desprestigio a la tradición, a eso que es también el modo de recordar las canciones como lo hacen los viejos, las canciones mismas que se cantan durante fin de año, la manera de situarse la familia cerca de un símbolo de fertilidad (el árbol) cuando se acaba un ciclo. También, la forma en que tu madre te enseñara a atarte los cordones, el beso de buenas noches, las oraciones que debías decir antes de dormir, las largas curaciones con la corbata de tu abuelo para quitar el empacho, el aceite y el vinagre, el mal de ojo, la extraña costumbre de volver a sentarse a los pies de la cama cuando algo se había olvidado, los ñoquis del 29, unas palabras, ciertamente, pero quizás en mayor medida, una manera de hablar. Vuelvo al tono, porque si bien hay caso de impostación, nadie podría querer impostar una forma de decir antigua, por no hablar de una forma vieja de hablar. He visto que lo natural de las proles jóvenes, los pueblos que crecen y se desarrollan, es su afinidad con la novedad y aquello que tensiona lo enseñado por los padres, aquello opuesto a los padres y abuelos. Entonces, pensar que pudiera haber algo más que una simulación o una mala parodia del decir tradicional, a saber, aquel que conecta a las familias, desde los antepasados a los ulteriores vástagos, no podría ser más que una excentricidad juvenil. ¿Por qué, siguiendo estas líneas, seguimos viendo tradiciones y modos de ser tradicionales? Creo que la una posible respuesta se halla hospedada en Up, la última película de Pixar.
Up trata de la vida de un hombre junto a su mujer y la trunca voluntad de hacer realidad el sueño que compartían cuando niños: viajar como un gran explorador a Sudamérica. El trabajo, los pequeños fracasos y la rutina, al igual que en otras ocasiones, acaba asfixiando dicha aspiración. Por ende, el hombre, ya anciano, conocedor de sus límites y trabajado por la amargura, además de resistirse a abandonar su casa y sus posesiones-aquello que aún quiere conservar (su fingida tradición)-, en un arranque para no perderla, decide atar todos los globos que había guardado de su trabajo entre niños y partir a Sudamérica volando encima de su casa. Lo que no imagina, es que un pequeño explorador rollizo e inexperto, junto a un perro que habla y un ave extrañísima (símbolo del exotismo), lo acompañarán en su viaje. Digamos que ensayé varias posibilidades de solución de esta película, pero sólo una me consoló: es la que ahora esbozaré. Ninguno de los personajes domesticados, ni el viejo, ni el niño, ni el perro está completo. Exceptuando al ave que se solaza en la simple vanidad de su existencia – obvio símil del paraíso terrenal-, todos los personajes buscan algo que los complete: el viejo, la consumación del sueño compartido con su esposa; el niño, la aceptación por parte de sus pares y su padre; y el perro, la validación mediante el logro de una meta, atrapar a la exótica ave. Como otras manifestaciones del arte cinematográfico y multimedial massmediático, estas películas mal llamadas infantiles son atravesadas por numerosos discursos pedagógicos y morales. Quizás uno de los más complejos es aquel heredado de la poesía islámica y de las fábulas, el que intenta explicar que toda ansiedad y creída necesidad de extralimitarse y superar la propia tara, la mesura física, síquica, espiritual y material, es un error. Valga consignar el caso de la rana y el buey (en la fábula), algunos poemas de Saadi de Shiraz y el clásico ejemplo de Rasselas, príncipe de Abisinia de Samuel Johnson, por un lado, y el Mantic Uttair de Farid Uddin Attar, por el otro. La cuestión es compleja, porque lo que era una forma de cuidarse, de proteger a los pequeños o a los indefensos, hoy se ha transformado en la bandera de lucha del libremercado y el poder de los bancos: no desees, permanece, sobrevive, como podría extraerse de aquella preciosa película llamada It´s a wonderful life. Aunque, visto desde otra óptica, la supervivencia es, justamente, el imperio de aquellas necesidades innecesarias, aquella búsqueda irrefrenable de superación y éxito, de novedad. En fin, siento que Up navega por ambas aguas, deteniéndose finalmente en el tedio. Como los poetas simbolistas, como los viejos escritores del Boom y como Antonio di Benedetto, el aburrimiento mortal configura la repetitiva y exenta de experiencias vitalidad o sobrevida que creen vivir los personajes. Podría decirse, incluso, que la batalla que se libra a través de toda la película, es una lucha por superarse, por ser más y mejor de lo que se era antes, alcanzar la medida de los sueños. Paradójicamente, si bien la cinta reordena el mundo de modo tal que cada uno cumple su objetivo primero, tal objetivo se transforma con el viaje de vuelta, la famosa vuelta de Ulises a Ítaca y el no menos memorable poema de Kavafis. El asunto es que, del mismo modo que ocurre con las tradiciones, es casi imposible escapar al encanto de la novedad, el canto de las sirenas y el amor de las mágicas y orilleras mujeres. Esto, aunque algo quede, algo permanezca y sea reconocido después de un tiempo: el decir, esa impostación de lo viejo, del decir de nuestros padres, no es más que el graznido que el adolescente conserva hasta bien entrados los años, quizás el momento de su madurez. Sólo en ese momento, luego de haber hecho lo que quiso, innovado en los estilos más ampulosos y delirantes, descubre en su propia voz la voz de sus mayores, hallando en ella además, las palabras que le enseñaran cuando era pequeño, el valor de aquellas cosas repetidas, los besos, los paseos de la mano de su familia, la pequeñez, el aburrimiento, la fragilidad de aquellos años, la muerte. Descubre el hombre que en su voz está la ausencia de la voz de sus padres y asume que habrán de morir como él lo hará también y así este mundo. El viejo, cegado por la histérica pulsión adolescente del sueño, logra valorar esos momentos que impidieron que diera el gran salto, que viajara con su mujer, develándola, como hiciera Novalis en los Discípulos en Saís, para mostrar que ella era Sudamérica, el viaje, el deseo y la novedad, que sin quererlo había llegado años antes al paraíso, cuando ascendían la común y pobre colina para ver la ciudad. Ítaca no abandona al viajero, no lo olvida. De este modo, creo que la tradición puede ser aquel sistema terrible, pero a mí se me hace más parecido al modo que tenía de hacer las sopaipillas mi madre, ajena a las costumbres chilenas, así como su manera de llamar bizcochuelo al queque, mediatarde a la once y pico a la boca de la botella. Menospreciamos aquellas cosas porque vivimos entre ellas -Millán algo sabía de eso-, pero son ellas mismas las que configuran el modo de decir y de entender el mundo. Incluso, estoy seguro que las tradiciones son ese acervo del que somos incapaces de hacernos cargo y menos datar, esa especie de folklore sin autor que nos supera, que nos envuelve y nos hace parte de algo. La literatura, el canon y la tradición, no son más que aquellas cosas que hacen sentir a las personas partícipes de algo, que las hace sentir acompañadas, queridas. En tal mesura juzgo aceptable intuirnos como agentes de la ignorancia y el dislate al pensar que alguna institución o modo de pensar ha instalado los conceptos que tenemos del mundo. Millares de revoluciones solares, guerras, imperios, amores y muertes entre los hombres, imaginaciones y gustos han precedido los nuestros. Así también los distintos modos de entender la realidad. Pienso que la mayoría de estas formas tienen que ver con la repetición, el aburrimiento, la verosimilitud; no menores en cantidad los momentos adolescentes. Borges distinguía entre arquetipos Clásicos y Románticos. Podría incluirse el Barroco. Aunque cada vez crea distinguir con más claridad lo tradicional y aburrido en el llamado arte rupturista, llegando a pensar que no hay ruptura en sí. Los hombres amamos al hombre hasta destruirlo, hasta soñarlo con las formas del olvido. Podría decirse que esto ocurre en un eterno día domingo, pensando en alguien que de seguro no piensa en ti, rodeado de animales y familia, viviendo un momento único en el universo, un momento que no volverá: el momento en que el hombre descubre su destino -tal como el viejo, el perro y el niño al fijarse en el ave exótica-, la literatura, es decir, intentar repetir infinitamente un momento, quizás ese en que comía ñoquis un 29 junto a su familia.
Up trata de la vida de un hombre junto a su mujer y la trunca voluntad de hacer realidad el sueño que compartían cuando niños: viajar como un gran explorador a Sudamérica. El trabajo, los pequeños fracasos y la rutina, al igual que en otras ocasiones, acaba asfixiando dicha aspiración. Por ende, el hombre, ya anciano, conocedor de sus límites y trabajado por la amargura, además de resistirse a abandonar su casa y sus posesiones-aquello que aún quiere conservar (su fingida tradición)-, en un arranque para no perderla, decide atar todos los globos que había guardado de su trabajo entre niños y partir a Sudamérica volando encima de su casa. Lo que no imagina, es que un pequeño explorador rollizo e inexperto, junto a un perro que habla y un ave extrañísima (símbolo del exotismo), lo acompañarán en su viaje. Digamos que ensayé varias posibilidades de solución de esta película, pero sólo una me consoló: es la que ahora esbozaré. Ninguno de los personajes domesticados, ni el viejo, ni el niño, ni el perro está completo. Exceptuando al ave que se solaza en la simple vanidad de su existencia – obvio símil del paraíso terrenal-, todos los personajes buscan algo que los complete: el viejo, la consumación del sueño compartido con su esposa; el niño, la aceptación por parte de sus pares y su padre; y el perro, la validación mediante el logro de una meta, atrapar a la exótica ave. Como otras manifestaciones del arte cinematográfico y multimedial massmediático, estas películas mal llamadas infantiles son atravesadas por numerosos discursos pedagógicos y morales. Quizás uno de los más complejos es aquel heredado de la poesía islámica y de las fábulas, el que intenta explicar que toda ansiedad y creída necesidad de extralimitarse y superar la propia tara, la mesura física, síquica, espiritual y material, es un error. Valga consignar el caso de la rana y el buey (en la fábula), algunos poemas de Saadi de Shiraz y el clásico ejemplo de Rasselas, príncipe de Abisinia de Samuel Johnson, por un lado, y el Mantic Uttair de Farid Uddin Attar, por el otro. La cuestión es compleja, porque lo que era una forma de cuidarse, de proteger a los pequeños o a los indefensos, hoy se ha transformado en la bandera de lucha del libremercado y el poder de los bancos: no desees, permanece, sobrevive, como podría extraerse de aquella preciosa película llamada It´s a wonderful life. Aunque, visto desde otra óptica, la supervivencia es, justamente, el imperio de aquellas necesidades innecesarias, aquella búsqueda irrefrenable de superación y éxito, de novedad. En fin, siento que Up navega por ambas aguas, deteniéndose finalmente en el tedio. Como los poetas simbolistas, como los viejos escritores del Boom y como Antonio di Benedetto, el aburrimiento mortal configura la repetitiva y exenta de experiencias vitalidad o sobrevida que creen vivir los personajes. Podría decirse, incluso, que la batalla que se libra a través de toda la película, es una lucha por superarse, por ser más y mejor de lo que se era antes, alcanzar la medida de los sueños. Paradójicamente, si bien la cinta reordena el mundo de modo tal que cada uno cumple su objetivo primero, tal objetivo se transforma con el viaje de vuelta, la famosa vuelta de Ulises a Ítaca y el no menos memorable poema de Kavafis. El asunto es que, del mismo modo que ocurre con las tradiciones, es casi imposible escapar al encanto de la novedad, el canto de las sirenas y el amor de las mágicas y orilleras mujeres. Esto, aunque algo quede, algo permanezca y sea reconocido después de un tiempo: el decir, esa impostación de lo viejo, del decir de nuestros padres, no es más que el graznido que el adolescente conserva hasta bien entrados los años, quizás el momento de su madurez. Sólo en ese momento, luego de haber hecho lo que quiso, innovado en los estilos más ampulosos y delirantes, descubre en su propia voz la voz de sus mayores, hallando en ella además, las palabras que le enseñaran cuando era pequeño, el valor de aquellas cosas repetidas, los besos, los paseos de la mano de su familia, la pequeñez, el aburrimiento, la fragilidad de aquellos años, la muerte. Descubre el hombre que en su voz está la ausencia de la voz de sus padres y asume que habrán de morir como él lo hará también y así este mundo. El viejo, cegado por la histérica pulsión adolescente del sueño, logra valorar esos momentos que impidieron que diera el gran salto, que viajara con su mujer, develándola, como hiciera Novalis en los Discípulos en Saís, para mostrar que ella era Sudamérica, el viaje, el deseo y la novedad, que sin quererlo había llegado años antes al paraíso, cuando ascendían la común y pobre colina para ver la ciudad. Ítaca no abandona al viajero, no lo olvida. De este modo, creo que la tradición puede ser aquel sistema terrible, pero a mí se me hace más parecido al modo que tenía de hacer las sopaipillas mi madre, ajena a las costumbres chilenas, así como su manera de llamar bizcochuelo al queque, mediatarde a la once y pico a la boca de la botella. Menospreciamos aquellas cosas porque vivimos entre ellas -Millán algo sabía de eso-, pero son ellas mismas las que configuran el modo de decir y de entender el mundo. Incluso, estoy seguro que las tradiciones son ese acervo del que somos incapaces de hacernos cargo y menos datar, esa especie de folklore sin autor que nos supera, que nos envuelve y nos hace parte de algo. La literatura, el canon y la tradición, no son más que aquellas cosas que hacen sentir a las personas partícipes de algo, que las hace sentir acompañadas, queridas. En tal mesura juzgo aceptable intuirnos como agentes de la ignorancia y el dislate al pensar que alguna institución o modo de pensar ha instalado los conceptos que tenemos del mundo. Millares de revoluciones solares, guerras, imperios, amores y muertes entre los hombres, imaginaciones y gustos han precedido los nuestros. Así también los distintos modos de entender la realidad. Pienso que la mayoría de estas formas tienen que ver con la repetición, el aburrimiento, la verosimilitud; no menores en cantidad los momentos adolescentes. Borges distinguía entre arquetipos Clásicos y Románticos. Podría incluirse el Barroco. Aunque cada vez crea distinguir con más claridad lo tradicional y aburrido en el llamado arte rupturista, llegando a pensar que no hay ruptura en sí. Los hombres amamos al hombre hasta destruirlo, hasta soñarlo con las formas del olvido. Podría decirse que esto ocurre en un eterno día domingo, pensando en alguien que de seguro no piensa en ti, rodeado de animales y familia, viviendo un momento único en el universo, un momento que no volverá: el momento en que el hombre descubre su destino -tal como el viejo, el perro y el niño al fijarse en el ave exótica-, la literatura, es decir, intentar repetir infinitamente un momento, quizás ese en que comía ñoquis un 29 junto a su familia.




