lunes, noviembre 12, 2007

Sobre la pureza



Sin querer siquiera rozar la materia filosófica helénica, incluso a riesgo de querer alejarme lo más posible de una autoridad, rigor y suficiencia, más que la que soporta la dignidad del ensayo, la pobreza de mi experienciar la realidad, los fenómenos que produzco y que me producen, han llevado pasivamente a este sujeto de la enunciación a cuestionarse la validez de la noción de pureza.

Como la verdad, la pureza es primeramente un tópico literario. Y es en dicho estatuto que resuelve sus alcances extraliterarios. Como la Libertad, la Verdad y otras materias ficcionales, la pureza es en sí un discurso escatológico, mesiánico, a saber, siempre por venir. Es la posposición de la pureza, lo que obliga al sujeto reflexivo a cuestionarse el tiempo que tendría la pureza. ¿Hay acaso un tiempo de lo puro? Pensando míticamente, el hálito o la luz insuflada del espíritu santo a la vírgen, señal indiscutible de la pureza en la concepción, no es más que el acceso de un tiempo otro en la pobreza del tiempo material. El tiempo simultáneo con el que está preñado Jesús, es eje central en la periodización de su propia existencia histórica. Como hubiera querido Borges en sus imaginaciones de Proteo, Jesús descubre que siendo Uno es todos; que ha vivido y vivirá en las vidas de los otros. Más que una bravata teológica o metafísica, este acto de conciencia, propio de la entrada de un tiempo que permite jugar con la causalidad de los eventos (resurrección, milagro, o aparición de materias donde no las había), dibuja el límite de esa pureza que, sin desplegarse como sentido en la historia de la salvación, por el contrario, impide el acceso de la materia apocatástica, restauradora, a saber, salvífica y final. Un ejemplo válido para estas situaciones, es el evento que marca la nominación del pueblo de Israel, es decir, el combate de Jacob con el Ángel. Dicha situación, clave en la historia del pueblo Judío, compromente al menos dos aspectos. El prehistórico (o anterior al nombre) y el posthistórico (el de la traducción de la tradición); en ese sentido, que el padre de la nación, el nominador por la fuerza, quien le da la cualidad guerrera a un pueblo cuya historia fue urdida por el vejamen y el escarnio, no haya sido más que un timador, fecundo en ardides, presto a engañar a su anciano padre en el lecho de muerte con el vellón de un desértico animal, símil del hirsuto pelaje de su hermano Esaú, de alguna manera nubla la límpida y justa materia canónica. Así, la palabra nominadora, ganada a la extremidad de Dios, su nuncio, a saber, el Ángel con quien combate toda la noche para lograr la bendición restauradora de la prima luz matutina, sería una palabra preñada de engaño y dolo: una palabra engastada en la historia de la salvación como una falsa gema. Aunque compleja, la anterior aseveración está cifrada en la postrimera purificación a la que sería sometido el pueblo de Israel. Tal promesa, nominal, como la gran mayoría de las revelaciones bíblicas, está expresada o dispuesta en términos de contrarestar el alejamiento de la presencia, la voz, la lengua y el sentido de la lengua divina, motivo central del desarrollo del tiempo humano.

La lucha mesiánica, entonces, tomando los literarios vestidos de la pureza, intenta asimilar escrituralmente la inminencia de una ausencia escatológica, como la suspendida realidad cenital: aquella que está sobre nuestras cabezas. Por lo mismo, la tradición fundada en el acto nominador, se vuelve indefectiblemente biológica y familiar. Si lo tradicional está simbolizado por la cadena, lo famular en su condición de esclavitud implica necesariamente la postergación de la individualidad por la ulterioridad histórica. Al cabo, el haber cortado la cadena de sucesión en la familia del pueblo elegido, no es más que desarticular la posibilidad de la vil "pureza" étnica, así como la ética y la moral. También, superando la dual sensibilidad, tal fenómeno podría cobrar el sentido de una degradación de la lengua divina, es decir, aquella con la que fue creada el mundo, y que fue donada libérrimamente al hombre. En ese sentido, pensar en la posthistoria para comprender el tiempo simultáneo, no es más que el desarrollo intelectual de una promesa o construcción mítica para desnudar su arbitrariedad. Asimismo, Jesús como insignia figural, como eco de los conflictos irresolutos y de la impureza propia de la estricta razón Judía, como el Salvador y el purificador del impío y violento mundo, es el mejor ejemplo de la posthistoria de la nominación; esto, pues como el signo-símbolo de los tiempos mesiánicos y de la conclusión del sacrificio por una nueva alianza escatológica (que debería terminar contaminar con el tiempo simultáneo a los puros en la Jerusalen Celeste), da cuenta de las ruinas del ámbito en que habitaba la palabra de Dios. Como en las antiguas Mualaqat preislámicas, donde había una descripción de las ruinas del campamento de la amada, el amante escatológico debería iniciar su peregrinaje por las ruinas, por el cuerpo inmolado del falso mesías, por la metafórica destrucción-transformación del Dios Monoteísta en trina deidad y posterior desaparición del original a traducir (Cristo), que ya era en traducción, una posposición de las sucesivas traiciones a la familia directa de Adán. Sólo basta recordar a Rahab, la prostituta que ayuda a Josué a entrar a Jericó, quien sería ascendiente directa de Cristo, para comprender claramente la imposibilidad de acceder a la pureza más que como una procrastinación de una palabra total, un signo que signifique directamente a Dios: lo transporte en su total potencialidad comunicadora.

Si ya la prehistoria del nombre, sea esta familiar, biológica, étnica, ética o moral, está constituída desde el hiato y la vacilación, a saber, el tropológico desplazamiento de un signo reemplazado por otro; si la sustitución y la pérdida, condicionan el carácter marcadamente espurio de la diacronía histórica, o la sucesión de acontecimientos sin un sentido aparente, ¿acaso en ella podría haber la existencia de ese otro tiempo? No. Pues como plantea el género fantástico de las apariciones, la entrada de otro tiempo implica la rajadura del previo, así como del espacio y la estabilidad de los valores precedentes. En ese sentido, la Pureza entraría en los lindes de la materia escatológica, como Revolución, como proceso liberador, como transición o como un holocausto, sugiriendo la existencia de otro plano, de otra temporalidad, de otro espacio ante la fragilidad de este espacio.

He recordado estos conocimientos, únicamente para referirme al continuo escarnio que se hace sobre la persona impura, ya sea de fe, saber, nacimiento o de praxis amorosa. Quizás motivado mayormente por la última variable, continuamente adosada a las mujeres que practican la vida libre, he llegado a pensar que exceptuando la muerte y el nacimiento, la presencia en este mundo no es más que un tráfago de cieno; comercio en que las únicas materias originales son las recicladas, aquellas que pueden ser una y otra vez dignas de inseminación: los dinteles de un mundo perpetuamente germinal.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

chualo rico aweonao mental

Derridá dijo...

Quizás motivado mayormente por la última variable (praxis amorosa), continuamente adosada a las mujeres que practican la vida libre, he llegado a pensar que exceptuando la muerte y el nacimiento, la presencia en este mundo no es más que un tráfago de cieno; comercio en que las únicas materias originales son las recicladas, aquellas que pueden ser una y otra vez dignas de inseminación: los dinteles de un mundo perpetuamente germinal.

(a chulo rico, aweonao semental)

Anónimo dijo...

selexion lexica, aweonao!!!

Juan Manuel Silva Barandica dijo...

Me parecen profusamente desagradables sus comentarios. Dudo por dichas y silenciadas razones de su bonhomía y la cualidad de su librepensamiento.

BlackJacket dijo...

Estimados señores:

SR. derridacaca-anónimo: no entiendo porqué acosa a JuanManuel con amorosos insultos.
JM no es maricón.

JuanManuel: me gustó tu reivindicación del impuro. de todos.
desde lo más puro
seguro que no será otro mundo.
estará tan dentro y tan afuera que por eso nunca habremos de hallarlo.

precisamente esa imposibilidad es la que hace a la escatología existir:no tanto como profecía sobre lo último, sino también como esperanza, como posibilidad de que en la perdición eterna -desde ciertas exégesis cristianas- se consume la salvación.

Rabbí Simón dijo: que la voluntad humana constituye una fracción de la voluntad suprema, o infinito. por eso habrá cosas que para el hombre, en tanto imperfecta fracción, siempre le serán ocultas, incomprensibles, inaccesibles.

aunque también dijo cosas asombrosas, seguro que ya habrás leído: los 9 palacios encierran todos los misterios de la fe.

te envío un abrazo

Natalia


p.d. Kent se puso muy drogo y debí emanciparme. ya no existen los politólogos. ahora es pura porquería política.

Juan Manuel Silva Barandica dijo...

Me gustó tu comentario Natalia. Sobre todo recordar a Rabí Simon Ben Yohay.

Saludos

David Villagrán Ruz dijo...

esta bien tu reflexión, pero las reflexiones como toda lunar especulación adolece de la luz de la inteligencia.

jajajaja

cómo has estado?

me alegra de que exista la dama gentil que vindique tu amante pureza!

un abrazo!

Víctor Quezada dijo...

Muy buena y conflictiva reflexion