miércoles, julio 11, 2007

Los padres de Occidente miran hacia Oriente



Más allá de cualquier sentido que pueda atribuírsele a la cardinalidad, es evidente la influencia global del astro que surca los cielos para luego esconderse. Hay quienes atribuyen únicamente al Islam, a la imaginación creadora irania y más específicamente sufí, el darle cualidades generatrices al alba y escatológicas al anochecer. Tales son sólo malos entendidos. También la teorización cabalística se ha preocupado por la cardinalidad espiritual en vías de la disolución celeste. En ese sentido, que el Occidente sea comprendido como el lugar de la sombra, del mundo y las cuantificaciones de lo material hasta el ocaso de los tiempos, no es más que una forma de sobredeterminar grotescamente, es decir, antinaturalmente, la incapacidad de acceder a la extinción en la luz primigenia.

Como planteara Hildegard von Bingen, el amor divino es la constancia especular de la sombra: ser capaz de reflejar para que Dios se mire en nosotros. Así, el conocimiento de uno mismo es el conocimiento de la futilidad personal y de la luz divina, por contraste. Como todo cromatismo, tales planteamientos, son también ilusiones, llagas que la evasiva presencia de Dios disimula en ausencia.

Pensando hace algunos instantes en dichos espejismos, recordé un poema de Borges en que trataba un tema similar, de la materia de Israel.

La llave en salónica


Abarbanel, Farías o Pinedo,
arrojados de España por impía
persecución, conservan todavía
la llave de una casa de Toledo.

Libres ahora de esperanza y miedo,
miran la llave al declinar el día;
en el bronce hay ayeres, lejanía,
cansado brillo y sufrimiento quedo.

Hoy que su puerta es polvo, el instrumento
es cifra de la diáspora y del viento,
afín a esa otra llave del santuario

que alguien lanzó al azul cuando el romano
acometió con fuego temerario,
y que en el cielo recibió una mano.


Presente en El Otro, El mismo (1964), este poema es de aquellos que los juiciosos estetas de la poesía, dejarían pasar por tibio. Justamente, tal como mencionara el Profeta en Patmos, Salónica podría ser una de ellas, mas lo es la tibia Laodicea. Salónica es el lugar que acogió a 250.000 judíos sefardíes exiliados de la leporina patria, luego de la diáspora de "herejes" por parte de la pulcra cristiandad. Así, siendo ya no tan sólo judío errante, sino también español, y a veces morisco, el habitante de Salónica ( como retratara magistralmente José Emilio Pacheco en Morirás Lejos) es parte de una de las tantas figuras del exterminio (destierro) que acabaría en el homérico holocausto o sacrificio ritual.

Mas este no es el único asunto que traviesa el poema. Pues el año 70 después de Cristo, segun versa Flavio Josefo, los romanos habrían quemado Jerusalem, destruyendo el segundo templo, lugar que guardaba en el lugar más esotérico de su tabernáculo, el Santo e Irrepetible Nombre de Dios. A veces confundido con el tetragrámaton, dicho nombre sólo podía ser pronunciado por el Sumo Sacerdote (Cohen HaGadol) en Yom Kippur (Día de la Expíación), y en los festejos, la aparición del Sacerdote frente a los observantes, significaba que este era un ser de pureza y que así se acercaban los tiempos mesiánicos. De lo contrario, tal Sacerdote pagaba con la vida su impureza.

Otras tantas historias se cuentan de la judería, pero una de las que más profundamente me han impresionado ( aparte de la resistencia de Masada), es la que versa sobre los mártires judíos protegiendo el Templo. Los romanos, en su bella ignorancia, los habrían tomado por fanáticos exacerbando sus ánimos sanguinarios. Así, luego de la masacre prenderían fuego para borrar de la faz de la tierra a tan indignos paganos. Del INRI: Jesus Nazareno Rey de los Judíos, pasaron al otro INRI: Ignes Naturam Renovatur Integra. Mas un detalle se escapa comúnmente, y como materia cabalística explora el destino del Secreto Nombre de Dios. Una de esas versiones (recordemos que de los judíos aprendieron los franceses y alemanes la ausencia de original), dice que mientras se estaba quemando el Templo, se habría visto al Sacerdote subir a la parte más alta, justo cuando en el cielo se abría un claro dejando bajar una mano de fuego para del mismo fuego recoger Su nombre en forma de llave.

La historia entera, incluyendo a la poesía, podría ser considerada como la historia de la pérdida del Nombre. Pero la ingrávida agudeza de las mentes de este tiempo, perpetúa las falaces distancias y polaridades que salvarían al intelecto privilegiado, de tener que molestarse viendo hacia el pasado. No, nada hay de nosotros en Arabia, nada hay del bíblico Israel, nada del Ganges ( ignorando a los románticos alemanes), nada hay de Egipto ni menos de China. Tales son ensoñaciones de mentes afiebradas. Aunque en el comienzo de la innominada América, haya sido el Árbol entre los Mayas la figura del Universo. De la misma manera que para los nórdicos Ygdrasill, su fresno sagrado, la higuera, la vid y al fin el Pardes (Paraíso), desde el cual salen cuatro ríos consonánticos para poder alcanzar nuevamente el nacimiento del Sol.

1 comentario:

José Emilio Pacheco dijo...

Altamente interesante y sugestivo.

Mis loores!