lunes, agosto 04, 2008

Amar (Lo Bello y lo Triste- Yasunari Kawabata)


La pasión se compara con torrentes y arroyos:
murmura el caudal leve, mas hondos son los mudos.
Así, cuando el amor es locuaz, se diría
que el lecho donde brota es escaso en hondura.
Los ricos en palabras, con palabras descubren
que son pobres de aquello que el amor pediría.


Sir Walter Raleigh.

Cuando la tristeza hincha la garganta y la saliva, que tanta relación guarda con la savia, escasamente aparece en la lengua, temo que la humedad deje de ascender. Temo, y de un modo lento, parecido al sueño, pierdo el peso -única condición de existencia palmaria- de mi cabeza.

Los numerosos trabajos y escrituras que he planteado en este escenario nanosemiótico, han dicho partir del amor. Han dicho y en ese decir, fallado, como si por antigua enmienda la rectitud y el éxito se midieran por la trayectoria de una flecha. Ese acertar, lograr el centro del mundo y vaciarlo de su interior por la profundidad de una flecha, ha sido mi error. He querido indemnes los objetos a riesgo de abrir la carne mía, el mío decir: ser la víctima y el arquero. Podría decirse o callarse, que esa posibilidad que abrí es una imposibilidad, un desacierto, y claramente lo es. Romántica, en esa negación, la escritura abrasa y consume el propio corazón en la idiosía, lo idiota, hasta volverlo completamente superficial.

Quise hablar de Cánticos Espirituales de Novalis, de Nieve en Primavera de Mishima, como de tantos otros libros, pero fracasé. Ese fracaso podría llamarse Lo Bello y lo Triste, y asimismo resumirse en la necesidad de Oki Toshio de ver a Otoko, su antigua amante, luego de haberla dejado embarazada y decidido, preservar la vida que ya tenía con su esposa y familia. Silenciosamente anodina, dicha novela plantea un mosaico, en el que la primera imagen, la de los amantes, contiene al hijo de Oki, Taichiro y la joven que vive con Otoko, Keiko. Esta joven, desprendida de ciertos valores tradicionales, tanto morales como estéticos ( como aprendiz de pintura de Otoko), desencadena desde su ruidosa pasión, la respuesta al silencio que ha cobijado el amor de Oki y Otoko a través del dolor y los años. Decidida a vengar a su maestra, Keiko enamora a Oki y a su hijo, llevando la ordenada arquitectura familiar a enfrentarse a la experiencia de este silencio amoroso. Si bien la trama es cuidada, como la expresión narrativa, el eje de la novela es ese callar, silenciar la profundidad del sentimiento, como lo hiciera Constantino Levin, personaje menor en la tragedia de Anna Karenina de Tolstoi, al callar su amor por Kitty, hermana de la esposa de Oblonski, a su vez, hermano de la pasional Karenina. Este, por creerse bajo y vulgar, digamos, común, sin negarse a su sentimiento lo silencia por no saber cómo expresarlo, cómo comunicarse a la amada sin mediaciones. Aquel imposible es el signo de una verdad, pues opone el sentimiento a sí mismo, oponiendose además al mundo. La diferencia que muestra el amor, es la diferencia que impide el reposo de la sustancia bajo la superficie, es la imposibilidad de la esoteria y de lo interno. Nada hay que no sea decible, salvo lo inexistente. Así, la tarea de amor es catacrética, analógica por un lado y metonímica por otro, aunque igualmente intransitiva. Nunca llega el cuerpo del amante a fundirse con lo amado, salvo en la procreación, acto de desaparición de ambos, de posposición del yo, no la carnal penetración. Por lo mismo, el hijo que pierden Otoko y Oki es figura de doblaje en su desaparición amorosa. Desaparecen al amarse y desaparece esa desaparición como un fantasma. Digo lo amado a quien ama y sólo encuentra escombros de aquello amado. Como en la poesía preislámica, el amante canta las huellas del asentamiento de la amada, como si en ello existiera la pureza de su sentimiento, ya sin la necesaria carne ni la memoria.

Aunque a veces confundido con el alma y lo inmaterial, el amar es puro cuando es materia, ya sea la ceniza que ha quedado del fogón donde comiera, la tibieza de un labio posado como ausencia en el cuerpo o la dignidad que la carne tiene y puede ser flacidez o dureza, grasa o músculo. Amar es materia y entre materias se practica, por tanto es tiempo.

"El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo" (P.191. Buenos Aires, Emecé, 1977)

Es tiempo el amar y comunicación, comunidad, mas en ese anhelo frustra su llegada, su participación de aguas mayores en el curso del río. Más allá de la muerte está el amar, y mucho más acá, pues dulce es el agua que libera la yerta garganta: de la salina humedad recoge el amante sólo lágrima.

Oki sabe que la materia es distancia, lee, intuye el amor : "Era claro que el cuadro del ciruelo expresaba el amor que Otoko le profesaba" (P.58), pero sabe también la mudez, la inexpresividad que expresa la imagen, donde aquello que pareciera significar se diluye, o bien, se disimula. ¿Acaso el disimulo, aquello que sólo seduce, puede ser amar? Odio, envidia y asco, también son figuras del amar, disimulos, apariciones del agua en movimiento sobre el agua estática, que llena de vida y sedimentos montañosos, guarda su tesoro bajo murmuraciones y malos entendidos. Una imagen, digamos, un corazón o un río, no quieren decir más que corazón o río, pero en el sistema erototrópico occidental, saben un sabor distinto, que sin añejarse se complejiza, se dobla, hace el reflejo de sí y su mentira. No la falsedad, sino aquello que simplemente no ha llegado. Por ende, una conversación, una penetración y un beso, no son el silencio en que dos sujetos no pueden liberarse de su sujección personal e individual, no pueden librarse de sí por el otro. Esa imagen silente, y pienso en el silencio de Lo Bello y lo Triste, es la ausencia de ese tercero impersonal que conjugue ambas personas, las verbalice y deje de ser pasión vana, estremecimiento, ardor, estro. San Juan de la Cruz ve el arrobamiento previo, la saeta que inflama el ojo que es el corazón ya ciego, y teme ese silencio en que pueda desposarse su alma con el Alma, pueda acabar la sujección al exilio de sí, halle complemento y morada, haya mundicia y mundanal mundo insuflado de su Mundo.

Garcilaso replica sin extático furor en el soneto XXII : "Y sobre todo, fáltame la lumbre / de la esperanza, con que andar solía / por la escura región de vuestro olvido.", y digo sin extático furor, pues el descubrimiento secular tiñe la iluminación con una aurora que es presencia. Deja la tranquilidad de lo solo, quien es llamado a la comunidad, al intercambio, al amar, y es esa dicha de lo dicho ( que no puede pronunciar) una ausencia de la esperanza, de la quietud y de la intención: ya no soy yo quien transita, soy transitado y llevado al silencio como una roca caída de la cordillera es llevada a la mar océano. Diego Maquieira toma el soneto y clama que el amor podría significar la muerte, no física, sino del poema, pues tanto la completitud imposible, como esa búsqueda son escrituras histéricas que no soportan esa profundidad y requieren llenarla. Al cabo, el sujeto de los Sea Harrier, le recita el soneto XXII pues es un sobreponerse, un palimpsesto del terror que implica dejar de ser, alterarse y devenir Literatura.

Pero no he querido sólo pensar lo literario. Quisiera entender sobre todo esa pérdida que implica amar, esa constante carencia que implica no querer saber, ser trabajado por el olvido y acabar infante, balbuciendo no éxtasis sino terrores, ya no del fracaso, sino de esa palabra que sea ambos y que nada se parece a "Te amo". Quiero esa imposibilidad de Oki y Constantino Levin como si fueran mías, ese haber la imagen y presentar el cuerpo vestido y tan comun, con ropajes que abundan en los escaparates, ojos que en otras personas abundan, modos de caminar, fijaciones, obsesiones y afectos. Entonces ese amar se me hace cristiano o búdico, y siento que al reconocer en el otro a todos, es casi imposible (y labor de histérica poesía) decirle a la amada ese ser que soy, pues como ocurre en la mística, pareciera intuirnos la gracia de que para comunicar mi amar, debiera decirnos a los dos con todos los nombres, las bellas particularidades que compartimos con los otros, con el resto, debiera decir la rosa del mundo, cargar esa belleza en mis labios, y no puedo, amor mío, decirlo.

1 comentario:

Poetade dijo...

Casi siempre el amor tarda,
tanto, que se va la vida
y al menos en las palabras
dibujamos las porfías
y tiramos grito y grito
en locuaces berretines
los hacemos jeroglíficos
para que ni ella se entere
pues el dibujo es tan lento
que hasta la muerte le aburren
su borrador y los mudos.