miércoles, enero 03, 2007

Jacobo Fijman o la esencia de la poesía (latinoamericana moderna)





Más que el poeta ruso-rumano-ucraniano-argentino de la conflictiva Besarabia, Jacobo Fijman fue una pléyade poética o, más bien, óbice ante todo afán especulativo. En él la poesía, al contrario de Jarry y Tzará, es el invertido desarrollo adánico. Su ámbito es la errancia, el Exilio, su lagar la traducción y su meta es el espejo al que llamamos futuro, a saber, la inminencia de un pasado transitivo. Al igual que Hayyam Nahman Bialik, es el cuerpo del poema, la organicidad sacrificada por el pacto (circuncisión) y por la historia (mesianismo), el espacio de la desvinculación. Así cosecha Bialik En la ciudad del exterminio... Pues Dios convocó juntamente la primavera y el exterminio (...) Y todo será como si no hubiera sido y todo devendrá como si no lo fuera. Hiato, abismo o, simplemente, la superposición de amnesias adviniendo en la forma de la escritura, la poesía de Fijman hace eco y le presta oídos al duelo de un pueblo aún por ser.

1. Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío: No es Proteo el que habla sino el poema. Si el poema es, en el tiempo, el río, el agua, el curso y el tránsito, nada hace pensar que el peso de la carne contextual obstruya su paso a la eternidad. Sinuosas simetrías existen entre la voz y la boca. Vocativo es llamado el nombrar: el poema habrá de ser el recordar y no el recuerdo del nombre. No poetizamos al recordar, mas recordamos al leer, al traducir de lo mudo a lo audible. La escritura nos presta oídos para la experiencia de lo eterno. El duelo y la mudez son condiciones premodernas en el mundo hispánico. La ignorancia las ha coronado unitivamente bajo el nombre de Mística, para el restringido bien de los cautivos de la imagen. Tal imagen es la cruz, que en América se ha abierto para el sacrificio común, así como la locura y el himno. Sólo el dolor es la experiencia (Los heraldos negros) que abre La Sagrada Escritura para que el temeroso duélase también traduciendo. Lo moderno es ese abrir las cosas hasta romperlas. La imagen, la mudez y el duelo se abrieron a su impotencia, su intransitividad, su carácter de promesa. Y no es Dios sino aquello en que pudo ser la imagen y su revés secreto, aquello que parece ser la voz en el Desierto: el grito.

2. ¡El corazón del mundo en nuestra boca!: Todo recomienza en sus particularidades al ser dicho, pero sólo el decir es el momento en que las entidades se reconocen. La noche habita en la escritura, y sólo aquello que pierde y hace perder la forma puede ser ignorado por las mutaciones y la muerte. Sin exterminarse o restituirse, la voz que de la voz es eco es aprendizaje en la eternidad, en la tradición, en la traducción. Todo se fija en la voz para desaparecer en la escritura, pues su misma promesa de sacrificio, de fin, de unión, era ya escritura en el tiempo que los antiguos judíos recibieron la palabra en el Sinaí. Y esa voz ya fue noche y prometió articularse. Poesía es recordar en el recuerdo la familiaridad de aquél asesinato fratricida que es traducir. Para ganar la voz, debemos perder nuestra habla.

3. Pongo mi oído sobre la noche de la tierra que es el alma del hombre: Tierra es lo que no puede ser ni ha sido tierra. Alma es todo lo que implica no sentirla. Y entre la antigua credulidad desatada y el aparente espíritu crítico está el arma con que Caín mató a Abel: la intransitividad de la escritura es la imposibilidad de responderle. Nadie la oye. Posiblemente sólo los versos sepan que aún agoniza el primer asesinado. Sólo la escritura sabe cómo ser más muerto que los propios muertos. El acontecer de la sordera es el espejo en que se refleja el tono de quien dice serlo. El origen es la boca.

4. Siento en mis manos venir la luz entera de la mañana: La esperanza y el vértigo de no poder callar, para así escuchar el lamento de los antepasados, no es más que el olvido del sentido y los sentidos verdaderos, es ceguera. No ver en sí el origen. Como los antiguos cargaban los huesos de sus antepasados hasta caer, la poesía es la noche en que se desmorona todo origen. Sin saber usar las manos, hemos vuelto a levantarnos cubriendo con nuestro cuerpo el Oriente y la aurora. Somos el Sol y todo ha de ser heliotrópico en la diurna falacia del tacto. No se ha perdido el camino. El texto no fue hecho para el mito. La araña no busca la confusión. Los hilos del laberinto atrapan en la muerte de la escritura a las voces que quieren decirla. Pagar el tributo a la araña en el laberinto del tiempo es renunciar al mundo. Poesía es atrapar a las entidades pasajeras para su exterminio. Poesía es perder las manos por el hilo en que el eco y el reflejo dejan oír la voz de los muertos.

5. Ahora vivo detrás de mí mismo: Hacedor es quien se dona a la muerte junto al mundo, para el origen verdadero. Poesía es origen de toda comunicación y la blanca escritura que borre la noche. Transita la verdad por lo que es verdadero y ábrese el arca del lamento y el pacto, en el silencio. Nombrar lo innombrable es patrimonio de la noche de los nombres que no pudieron decirlo.

Revelar de la tierra un cementerio es la acción del hacer, del poetizar. No habrá transubstancia ni resurrección hasta que todo arda. Las cosas nos hablarán cuando sepamos callar. Y hablarán a través de nosotros cuando estemos muertos. Y es el fracaso del Mesías, de Cristo y la cruz en su sacrificio, el Exilio al que está llamado el suicida: lego la Nada a Nadie.

1 comentario:

Manuel Naranjo Igartiburu dijo...

Infierno

El infierno
no es llama, abismo, tormento
El infierno
no es oscuridad, locura, legión
El infierno
es el café del desayuno
es un hombre mirando por la ventana
una mujer rezando por los suyos
un beso en la frente
una cama vacía
El infierno
es peregrinar durante la noche
subir un monte
mirar al sol
inspirar
exhalar
El infierno
no es crueldad, sacrificio, devastación
es el olvido del nombre
es enterrar a la madre y al padre
es saber que tu hijo morirá
y que tú no puedes hacer nada para evitarlo
El infierno
no es soledad, miedo, desesperación
es la espera del relámpago
es el silencio de la luz.